¡Mujer tenías que ser!

Columna de opinión María Soliño. #porellas

¡Mujer tenías que ser!

Conduzco despreocupada. Ventanilla bajada y brazo apoyado en el marco, mientras Rozalén cruza una puerta violeta en la emisora de radio que sintonizo habitualmente.

Repaso mentalmente la lista de tareas pendientes que tengo para esa semana y como estoy llegando a mi destino, voy buscando un sitio para aparcar.

Está difícil. Entre las obras, los vados y la alarmante sobredimensión de vehículos en las ciudades, la cosa pinta mal.

Doy un par de vueltas y por fin, a lo lejos, diviso el intermitente tintineante de un vehículo, anunciando su salida.

¡De P.M! —digo en voz alta sin poder evitar un ronroneo de gustito en el estómago.

«¡Pobres mortales! ¡Lo fácil qué es hacerles felices a veces!» —debe pensar desde las alturas ese Dios/ Universo/ Gran Poder/ Lo Que Sea, que mueve los planetas.

Reduzco la velocidad y me paso al carril izquierdo, a la vez que acciono la palanca de mi intermitente, anunciando la maniobra.

El otro vehículo sale por fin, dejando a la vista una flamante plaza de aparcamiento, toda, todita para mí. Me pego más a la fila y rebaso el hueco para colocarme. Justo cuando emprendo la marcha atrás, un pitazo me saca de mi mundo de nubes, gominolas y arcoíris.

Miro por el retrovisor y un señor muy mal encarado me hace señales y aspavientos desde su coche, intentando meter el morro en el hueco.

¿Cómoooooo? ¡Ah, no! ¡Ni hablar! ¡Aparte, hombre! —contesto sacando la cabeza por la ventanilla— ¡Ahí aparco yo!

Después de un par de minutos de tira y afloja, en los que yo no me muevo ni un milímetro, el hombre retrocede de mala gana, escupiendo una serie de improperios inconexos. En una maniobra perfecta, aparco mi coche y el personaje, se coloca a mi altura con un sonoro frenazo, soltándome:

¡¡Mujer tenías que ser!!

Acto seguido, acelera haciendo chirriar las ruedas en un claro intento, y digo, intento, por demostrar su poderío de «Macho Alfa».

De repente, me vienen a la cabeza todas las mujeres, desde nuestras tatarabuelas, bisabuelas, abuelas, madres, hermanas… que han tenido y que tienen que soportar esa enorme presión diaria de «ser mujeres».

Carga. Doble carga y doble presión.

Por trabajar fuera de casa y dentro, sin un reconocimiento. Por sacar adelante a sus hijas e hijos, solas muchas veces. Simplemente, porque es su deber. Cuidar sin rechistar. Es nuestro papel y lo que se espera de nosotras. Repaso también la lista de San Benitos y prejuicios con los que cargamos, que lastran nuestra sociedad ninguneándonos y haciéndonos invisibles.

*Si tenemos la regla se corta la mayonesa. Check

*Nosotras limpiamos mejor. Check

*También cuidamos mejor, es genético. Check

*Conducimos fatal. Check

*Por supuesto, no sabemos aparcar. Check

y un largo etc de creencias, (algunas mucho más heavys), sobre lo que es ser una mujer.

«Joderrrrr….»

Absorta en estos pensamientos camino, cuando me percato de que el cruce entre Homo Neanderthalensis y Cromañón, acaba de aparcar su troncomóvil a unos metros.

¡Bah! No merece la pena, déjale. —Murmuro.

Un aguijonazo me sacude. No. No voy a dejarle. No voy a pasar de él. No quiero. No quiero, por mí. No quiero, por ti. No quiero, por ellas. No quiero, por nosotras.

Golpeo el cristal de su ventanilla con los nudillos.

Gira la cabeza, enarcando las cejas con sorpresa.

Oye, ¿sabes qué? Pues sí. ¡Mujer tenía que ser! ¡Una mujer como la madre que te parió y como la que te limpió el culo y los mocos cuando eras un bebé!

Curioso. Ni rastro de la incontinencia verbal de la que hacía gala unos minutos antes.

Me enderezo, respiro hondo y vuelvo a mi mundo de gominolas y algodón de azúcar.

Por mí. Por ti. Por nosotras, y también por ellas, que ya no están.

María Soliño.